Vistas de página en total

sábado, 20 de agosto de 2011

La comode de six tiroirs

Estoy muy orgulloso de mí mismo porque he estado lidiando en el Ikea y he salido por la puerta grande. En realidad el Ikea de aquí sólo tiene una puerta pero como grande, es grande. Tal y como comentaba en mi maravillosa entrada "aloun at joum" el sábado me desperté con el cerebro así como encogido, de tal manera que me bailaba dentro del cráneo golpeando violentamente contra las paredes del mismo con el consecuente dolor de cabeza que es fácil imaginar. Esta triste situación venía siendo el efecto secundario del alegre encuentro de españoles en Nantes que había tenido lugar la noche previa y que habíamos celebrado con un Inurrieta reserva y unos lingotazos de ron. Cuando me hube recuperado del estado precomatoso decidí atender a la lista de tareas que me ha dejado P para que vea que no soy mala persona, sólo un poco desmemoriado.

Me presenté pues en Ikea buscando como un desesperado la cómoda que en su momento me habían encomendado. Recuerdo que en su día discutimos sobre dos diferentes. A mí en realidad me daba un poco igual, al fin y al cabo soy hombre, pero por no ser acusado de indolente procuré formarme una opinión y defenderla. P por su parte no lo debía tener muy claro porque cedió a mi parecer pese a lo endeble de mis argumentos. Si serían endebles que no recuerdo los argumentos; es más, no recuerdo ni el modelo de cómoda que yo había elegido. Tras recorrer con aire de sabueso la exposición de Ikea, sin prestar la más mínima atención a nada que no fueran muebles de dormitorio fui a dar con la célebre cómoda. Era aquella. ¿Era aquella? Cojo el móvil y marco el teléfono de P. Hola,estoy en el Ikea ¿Y qué haces ahí? Ya sabes, viendo muebles y complementos, que me encannnnnta ¿qué voy a hacer? busco la cómoda que querías, etcétera. Compruebo con P que se trataba del modelo deseado y ella misma me recuerda que mi elección era otra, le quito importancia al asunto (no veía ningún otro modelo de cómoda en el vecindario y mi prioridad era irme lo antes posible con la tarea hecha). El protocolo de Ikea, quizás alguno de Pamplona o alguna otra capital de provincia carente de establecimiento de tan notoria cadena comercial no lo conozca, consiste en coger la etiqueta del mueble en exposición y ver el lugar en el que se puede encontrar en la zona de almacén; una vez allí buscas tu estantería, cargas el bulto como buenamente puedas en un carrito de la compra rarísimo que es un diseño sueco muy funcional y pasas por la caja a soltar la pasta. Esto es así casi todo el tiempo pero a veces lo que te dice la etiqueta es que contactes con un vendedor y, como no, eso era lo indicado en la etiqueta de la Comode de 6 tiroirs modele Malm, a juego con nuestra cama. La perspectiva de tener que trabar conversación en francés con una dependienta de Ikea me produjo una cierta desazón dado que estas cosas se sabe como empiezan pero nunca como acaban. Con eso y con todo decidí probar suerte, total es difícil que en Ikea me la hagan más gorda de las que me han hecho ya así es que alegre y resuelto partí en busca de algún chico/a vestido de amarillo y azul. Tras un rato de rastreo y venteo detecté una manada de dependientas, muy agitadas porque al parecer una parte significativa de ellas salía de vacaciones ese día lo cual producía cierta convulsión entre las otras y una importante desatención a la labor. Al principio dudé, el espíritu ultrafuncionarial de los franchus me asustó un poco pero en un momento dado respiré hondo y me dije "¡Qué coño, a por ellas!" Dicho y hecho, les entré con valor y aire torero a una que me sorprendió triplemente porque 1 se mostró muy amable, 2 entendió lo que yo decía sin problemas y 3 me dio explicaciones precisas y detalladas.

Resulta que por algún tipo de sofisticación sueca que se me escapa, Ikea dispone de un almacén auxiliar en la zona, a unos kilómetros de la tienda así que no me dieron el mueble sino dos papeles, uno con el nombre del mueble y otro con un plano. Ahí me empecé a sentir raro porque tenía un papel. Tras pasar por caja pasé a tener un papel y -145 €, una situación que no deja de ser preocupante cuando la ubicación de tu compra es incierta.

Me acerqué al coche, tumbé cuantos asientos pude y salí en busca del almacén con un ojo en la carretera y otro en el plano. Increíble pero cierto, llegué, entré a la recepción y me dirigí a una joven espetándole algo así como "Yo mi haber esta comprado", pero en francés. La chica tomó el papel de mi mano con lo que mi balance parcial pasó a ser de -145 € y 0 papeles justificativos de mi inversión, cada vez mejor. Al cabo la chica salió empujando penosamente un carro con dos hermosos paquetes, dos, en los que algún sesudo ingeniero, sin duda coreano, había conseguido meter mi cómoda de seis cajones. Balance: -145€, una factura y un mueble desmontado.

Me puse manos a la obra para meter los bultos en el coche. Al intentarlo con el primero observé que el cartón de embalaje de Ikea es muy resbaloso, que el mueble pesaba un huevo y que muy a mi pesar tengo 48 tacos y no soy Conan El bárbaro. Con gran esfuerzo y notorio derroche de imaginación conseguí encajar los dos paquetes en el coche casi sin desmontar los asientos y todavía me quedó hueco para sentarme a conducir. Balance: -145€ unos papeles que no sé donde he puesto pero juro que los tengo y un notorio dolor en la región lumbar.

Voy a saltarme la parte en que subo el mueble desde el garaje hasta el apartamento que no estamos para duelos. Sólo contaré que para cuando la última pieza estaba arriba el lumbago había desplazado cualquier otra sensación de mi cuerpo serrano.

Los muebles de Ikea me producen en general una sensación de incertidumbre en el momento en que los desempaqueto. Por una parte jamás me creo que estén todas las piezas y por otro siempre temo que se me escape alguna de las sutilezas que se dibujan en las instrucciones, que no incluyen una sola explicación escrita.  Con lo primero me equivoco, siempre está todo, hasta el último clavo. Ojo, que no se te pierda ninguno porque vienen contados. En lo segundo tengo razón, es fácil equivocarse y hay que inspeccionar cada dibujo con ojo de crítico de pintura.

Tras ingerir una colación más bien escueta me dispuse a ensamblar las piezas de mi mueble. Con paciencia de santo mártir y precisión de relojero suizo fui encajando las piezas una tras otra. El sudor recorría mi espalda, empapaba mi camiseta y me corría por la nariz goteando sobre las instrucciones de montaje. No recuerdo en qué momento empecé a sospechar que había colocado la superficie de la cómoda al revés pero sí que soy perfectamente consciente de que lo confirmé tras martillear el último clavo de la tapa trasera del mueble. En ese momento hice una exhibición de mis amplios conocimientos de la lengua de Cervantes, concretamente de la parte de tacos, blasfemias y palabras malsonantes en general; estuve recitando un rato antes de repetirme. Recuperada la calma fui capaz de enderezar el entuerto y montar la tablita de Dios como es debido. Hasta aquí la tarde del sábado.

La resacona del domingo -sí, estuve de fiesta otra vez, ya lo he contado- me la quité montando cajones. Seis. Lo bueno de los cajones es que el primero cuesta pero luego los otros salen de corrido. A media mañana el trabajo estaba terminado.

Hace una semana un invitado abrió uno de los cajones que se salió da la guía. Shit happens...


Cómoda Malm de seis cajones

lunes, 8 de agosto de 2011

En aguas turbulentas

Estoy de vacaciones. Es la segunda vez este verano, mis vacaciones son breves pero abundantes, lo uno por lo otro. Los franchus no entienden que uno se pueda ir de vacaciones de verano por un periodo inferior a tres semanas con lo que mi actitud estajanovista les tiene más confundidos que la noche a Dinio. Yo les he insistido mucho en que me llamen y me cuenten como les va pero no lo hacen. Está por descubrir si es por respeto a las vacaciones del jefe o porque son una panda de capullos. Sea como fuere se van a cagar la semana que viene, eso si no me cabreo antes y les doy yo la llamadita.

El caso es que el viernes me cogí un avión en Nantes que me dejó en Madrid en un decir "¡Ay Jesús!", maravillas de la modernidad que nunca dejan de impresionarnos. Al día siguiente salí de excursión con mis amiguitos, Fernando y Joaquín. Nos fuimos a nuestra excursión anual de buceo, una tontería que nuestras familias nos consienten desde hace unos cuantos años; veremos si la complacencia continúa el día que digamos de organizar la Bucealia en el Mar Rojo o cosa así. En esta ocasión y dada la escasez de fluido vital (dinero) hemos repetido un clásico, Tossa de Mar, en la Costa Brava, con alojamiento en ca Joaquín, en Cerdanyola mismamente. El viaje desde Madrid en coche de Fernando, diesel, a seis y pico litros el kilómetro, muy bien. Ya a la ida hemos contado con la originalidad de J que tenía que recoger su coche en la estación del AVE de Zaragoza, una historia compleja y cargada de surrealismo como las que a él le vienen ocurriendo.

Chez Joaquín ha sido para nosotros un lugar de tradición hospitalaria del que todos guardábamos un grato recuerdo: barbacoas en el jardín, niños disfrutando de un descanso después de un largo viaje desde Bélgica, Fernando a punto de romperse una vértebra al caer por la escalera... Ahora J vive solo, los días laborables, una parte de ellos en realidad, con lo que la situación de la casa es un poco diferente. El mobiliario en general ha desaparecido salvo algunas excepciones, y la piscina se ha convertido en un criadero de mosquitos tigre de la variedad "fieras insaciables" que han demostrado una eficiencia a la altura de los más exigentes baremos. Nuestro acomodo en can J fue tal que así: Fernando que duerme allá donde se quede inmóvil más de cinco minutos, se acomodó en un delicioso jergón, préstamo de  una vecina, depositado en el suelo; yo, que soy más delicadito, en una cama hinchable.

Primera noche en Cerdanyola primera cena, primera curda. En estado calamitoso llegamos a la casa (habíamos cenado en el barrio) y nos distribuímos en nuestros respectivos cubículos. Al cabo de un rato me incorporo alarmado porque un oso grizzli ha entrado en la habitación de Fernando y lo ha devorado. Falsa alarma, el angelito se ha dormido con la puerta abierta que al cabo J cerró sin comprender que dos habitaciones más allá le despertasen los bramidos del Bello Durmiente. El vídeo que presento es una muestra de los bramidos en cuestión. Para disfrutarlos en plenitud aconsejo subir bien el volumen del ordenador porque la grabación es un poco precaria.



Tras una noche de mierda en la que debimos dormir unas cuatro horas, Fernandoso alguna más, nos encaminamos hacia Tossa de Mar a sumergirnos en la mediterraneidad. El olvido por parte del señor Usera de su cámara de fotos sirvió para que Joaquinito le estuviese haciendo sangre varias horas. Café con bollo y a bucear no sin antes celebrar el rito de embutir a Fernando en el traje de buceo, una operación que se complica de año en año sin que quede muy claro si el motivo está en el aumento de la masa magra de F o en el encogimiento y esclerotización de la submarina indumentaria.

Los hechos fernandinos merecerían no ya una entrada sino un blog completo. Como  él no se decide igual un día acabo escribiéndoselo yo.

Las dos primeras inmersiones fueron desde barco. En el nuestro íbamos como diez buceadores. Cuando llegamos a la playa - el barco se abordaba desde la playa- había un tránsito notable de submarinistas. En Tossa hay, según nos han contado, unos seis clubes de buceo a los que se añaden los que vienen de localidades próximas. Eso supone que en un domingo se pueden llegar a juntar sesenta buceadores o más, primero en la zona de entrada al agua y luego en el punto de buceo. Nuestro pequeño grupo, los tres más un individuo bastante agradable y buen buceador, estaba capitaneado por un dive master (un buceador avezado que te guía en las profundidades, para quienes no entiendan la jerga) que me pareció un poco histérica. Estábamos en nuestra turné, llevábamos un rato en ello, cuando me dirgí a indicarle que tenía el aire a la mitad, tal y como había pedido que hiciésemos antes de bajar. Por alguna razón el tipo interpretó que yo estaba agobiado y se pasó el resto de la inmersión preguntándome si estaba bien. Yo le decía "¡qué sí, cojones!" pero como debajo del agua no se puede hablar pues el tipo erre que erre. Vimos bastante fauna pero lo que más abundaba eran los buceadores comunes. En esas circunstancias cuando alguien atina a avistar un bicho hace señales y una tromba de turistas submarinos ávidos de contemplar la naturaleza en estado puro se abalanza sobre él con ánimo de sacarle fotos. Tras el posado los buceadores abandonan en masa el lugar y continúan la cacería submarina dejando atrás una nube de arenas revueltas y pescados aturdidos. Y es que un buceador con cámara es un ser que no conoce; en algún momento me acerqué a contemplar un bichejo en su agujero cuando J me arrolló sin contemplaciones para hacer una foto sin que yo pudiera ver al bicho después más que en la foto en cuestión.

Dos inmersiones sucesivas colmaron las ansias de buceo de F y mías, no así las de J que si por él fuese comería bajo el agua. Algo grasoso, para que no se disuelva. Desembutimos a Fernando de su neopreno y nos fuimos a comer. Un arroz negro, buenísimo, en una terraza en la que, sin razón aparente, el camarero (gay) nos cogió manía. No lo entiendo muy bien porque a J siempre se le han dado muy bien los tíos. Con la comida una torrija terciada y a descansar a la playa de Tossa.

Allí nos acomodamos los tres en sendas esterillas playeras. Tras contemplar y comentar el panorama (femenino) a nuestro alrededor nos dedicamos a lo nuestro, J y yo a la prensa (de derechas, por supuesto) mientras que F se tumbó boca arriba, se agarró los pectorales o tetillas y al cabo de unos segundos empezó con su alegre concierto. Comenzó con un allegro ma non tropo al que siguió un potente cresscendo. Cuando alcanzaba el nivel de allegro vivacce, también llamado grado 7 en la escala de Richter, J empezó a tirarle piedras a ver si lo callaba temeroso sin duda de que los otros bañistas optasen en un momento dado por tirarnos las piedras a nosotros y echarnos de la playa por indeseables. Al cabo de varias pedradas y con el alcohol ya metabolizado optamos por continuar con los deportes de riesgo yendo a cenar a un local de moda en Barcelona.

El local en cuestión se ubica en los bajos del hotel W, una zona de lo más que viene a ser como el empijecimiento absoluto de lo que otrora fuesen los chiringuitos de la Barceloneta. De hecho se llaman así, "chiringuitos", aunque la pronunciación de la tercera "i" tiene que sonar un poco a "e" y quedar una cosa así como "chiringuetos". En los chiringuetos dan cosas de comer y beber relativamente normales pero todo lo que lo envuelve es fashion total lo que inmediatamente lo hace caro y exclusivo. Del episodio recuerdo poco, a saber, dos cervezacas, un vino navarro muy celebrado por mis compadres, algunas dosis de ron, la camarera y unas cuantas clientas.

El hermoso hotel W de Barcelona

Esa noche J, que ejerce entre otras cosas como mi camello de cabecera, me proporcionó una pastillita rosada que me permitió dormir pese a la actuación estelar del Orfeón de los Osos Pardos que tenía lugar en la habitación de F con lo cual a la mañana siguiente me sentía mucho más dinámico y dispuesto a bucear entre tiburones antropófagos.

Apañamos el día con dos inmersiones desde playa en una zona que se llama "La mar menuda" y que, por la afluencia de público, sugería mucho un centro comercial en temporada navideña pero en versión submarina. Es de reseñar que a la vuelta al club y siendo necesario pagar en efectivo, salí a buscar un cajero. En mi búsqueda me crucé con J quien había hecho lo propio minutos antes. Tuvimos una conversación tal que así:

Yo: "¡Joaquín! ¿Esheabuensa kjero?
J: "¡Eberun quierda!" (apuntando con la mano hacia su derecha)

Seguí caminando como si hubiese entendido algo sin encontrar el famoso cajero hasta que tuve un pensamiento "a que va a ser verdad que hablamos poco claro..." y me dí la vuelta y me fui a buscar por la calle de la derecha.

Agotados de tanto esfuerzo decidimos premiarnos con un poquito de marisco y un vino blanco en el mismo restaurante del día anterior donde el mismo camarero gay nos volvió a atender aunque parece que esta vez estaba amistoso. Todo iba muy bien y así habría terminado si J no se pone a manifestar a gran volumen sus opiniones sobre la política catalana lo que nos condujo a finalizar la colación entre miradas recelosas. Un mancebo de notables proporciones, con una abundante melena rubia peinada hacia atrás, hijo del dueño del restaurante (o novio) y sueño lúbrico de nuestro camarero, nos invitó a un segundo café vista nuestra determinación de rechazar todo tipo de chupitos.

La torrija subsecuente, la número 3 de la expedición, decidimos bajarla con un paseo por la simpática villa de Tossa y con el empaquetamiento de nuestros equipos en el useramóvil. Vuelta a Cerdanyola y a prepararnos para la última noche loca.

Dadas nuestra edad y nuestra condición, es difícil tener una noche loca tras otra. A requerimiento de F regresamos a la zona de la noche anterior si bien esta vez nos buscamos un chiringueto más chiringueto, es decir, igual de pijo y de caro pero con mucha menos variedad y con pretensiones de más rústico. Ya la cosa no nos dio ni para vino, lo apañamos con unas cervecicas y unas pocas de raciones que a mi me parecieron más unas muestras que unas raciones. La fiesta terminó con unas dosis de alcohol de alta graduación en la terraza-piscina del hotel W, más fashion que la leche, atendida por unas camareras muy aparentes y en general un poco sosa si la compañía son dos varones heterosexuales y tú compartes esa misma condición.

De vuelta a chez J otra pastilla rosa de esas que me hacen tanto bien, un sueño más o menos continuado y de vuelta a Madrid. Me lo he pasado bien.

Dos merluzos de La mar menuda (Tossa de Mar, Gerona)

Se pueden ver más fotografías de esta épica excursión pinchando aquí.

Esta entrada ha sido posible gracias a las magníficas fotografías submarinas y terrestres de J y a la destreza de mi hija Laura que ha conseguido que los ronquidos monstruosos de F puedan ser disfrutados desde esta página. Agradecido a los dos.

martes, 26 de julio de 2011

Aloun at joum

Pues eso, solo en casa, así es como estoy. Ya lo he contado hace unos días, mi familia está en las Españas y yo me he quedado aquí currando, como los maridos de antes. De Rodríguez pero en mi caso más bien de Martínez, que es lo que soy. El sabático me viene a durar casi tres semanas y esta mañana he tenido un flash de metalucidez que me ha llevado a reflexionar sobre el particular. Ni es la primera vez que vivo solo unos días ni soy el único que lo hace así que me parece que el tema tiene su interés porque alcanza a muchos mortales.

Un Rodríguez (José Luis), dos Rodríguez (Tula), tres Rodríguez (Lalo)

Lo primero que se le pasa a uno por la cabeza ante la perspectiva de soledad es el típico "joder que a gusto voy a estar sin hacer..." y aquí pones lo que se te ocurra y acto seguido empiezas a hacer planes delirantes. La soledad significa básicamente dos cosas, una que te lo tienes que hacer tú todo y la otra es que, efectivamente, puedes hacer lo que te de la gana sin ningún tipo de remordimiento. Supongo que el efecto es diferente si el solitario es hombre o mujer. Yo voy a hablar de lo que conozco, es decir, de tíos pero bien agradecería comentarios de las parroquianas que hayáis pasado por la experiencia y así nos reímos todos.

Una de las primeras reacciones del individuo solo es el célebre "esto ya lo recojo mañana". La máxima se va aplicando progresivamente a los cacharros sucios de la cena, la ropa usada de ayer, a la cama deshecha, a la taza del desayuno... El capítulo lavadora-fregona-plancha no lo menciono de puro obvio. Esta fase sin embargo, empieza a remitir cuando la necesidad aprieta y ya tienes sucia o arrugada hasta la ropa de la comunión y la bomba de la nevera se ha gripado de tanto funcionar en vacío. A veces el cambio es progresivo pero lo habitual es una crisis de "esto se tiene que terminar" que da paso a un "domingo sangriento" enteramente dedicado a poner en su sitio el desorden existencial con el que has redecorado tu vida.

Otra característica de la vida en soledad es como se van apoderando de ti las manías. Yo sostengo la teoría de que todos somos un saco de manías, que nos gusta hablar solos o pasear en pelotas por la casa o comer con las manos... yo que sé, mil cosas, cada cual una o más. Es el hecho de la convivencia lo que nos hace reprimirnos y comportarnos de manera civilizada. La vergüenza de que los otros descubran el bicho que llevamos dentro es lo que nos permite mantenerlo enjaulado. Pero amigo ¿qué pasa cuando estás solo en casa? ¿Qué ocurre cuando cierras la puerta de la calle y entras en 100 metros cuadrados de privacidad inviolable protegida por la ley? Pues que antes o después el bicho sale y empieza a hacer de las suyas. Igualmente y en base al mismo principio cuando vives solo es como que se radicalizan y extreman los comportamientos. Conozco un caso extremo de un individuo al que no nombraré y que ha reducido su vida a trabajar y hacer deporte exclusivamente. Hasta tal punto llega la cosa que en su casa ha desaparecido cualquier elemento de confort de los que son normales en las casas: cuadros, sábanas, muebles en general... El individuo en cuestión ha reducido su alimentación a anchoas en salazón y tomates con sal, para qué más. Eso sí, se está poniendo como un queso, pirao pero como un queso.

La primera de mis tres semanas de soledad no fue tal porque tuve conmigo a los Pérez-Nievas, concretamente de la rama de los Navas-Serrano de Cizur Mayor, y la presencia de visitantes le inhibe a uno de cometer ciertos excesos. Además hay que equilibrar un poco la balanza porque mis amigos son un poco caóticos y yo, como buen españolito, procuro ir contra corriente siempre que me es posible. El correr de la semana y el acoso de unas enfermedades medievales que se sacaron de yo no sé donde (se las debieron traer puestas porque a mi no me ha pasado nada) terminaron por devolver a los Pérez-Nievas-Navas-Serrano de vuelta a Cizur Mayor. En una rápida sucesión de acontecimientos le di un repasito a la casa, pequeño porque los Pérez-Nievas-Navas-Serrano son caóticos pero muy limpios y acto seguido me arrojé en brazos de mi particular que-a-gusto-voy-a-estar-sin-hacer. Al poco me di cuenta de que no sabía que es lo que quería no hacer exactamente así es que opté por caminar por Nantes. A medio camino me arreó una fiebre consumista y me dio por comprar cosas diversas. Siendo así mi lista de compras en comercios diversos fue como sigue:


  • Un queso cure nantaise (está de puta madre pero ya se me ha terminado)
  • Un comic titulado "Il etat une fois en France". Un poco rollete pero con unos dibujos magníficos.
  • Un CD de música de Bretaña. Todo gaitas.
  • Un CD de músicos africanos, únicamente conocidos en sus aldeas respectivas pero que suena muy bien.
  • Un ejemplar de National Geographic (edición francesa, aquí no hay otra) donde hablaban de bucear entre tiburones y que me leí trasegándome una pinta de Guiness en un pub irlandés del Quartier Bouffay.
  • Un taco de 10 billetes de autobús.


Como puede observarse, una compra tan variada como tonta. Sospechando que el camino del consumo y la senda de la felicidad son cosas diferentes utilicé mis billetes de autobús para volver a casa a comerme el queso.

Durante mi segunda semana seguí paso por paso el procedimiento que he descrito más arriba. Paciente y cuidadosamente he ido almacenando cacharros sucios y objetos por medio del camino. Ropa sucia no, al contrario, he lavado como loco, sobre todo sábanas porque el día 6 de agosto tenemos nuevos visitantes y hay que tener las infraestructuras en condiciones. Precisamente el secado de sábanas le ha estado dando al salón una simpática apariencia de campamento gitano-rumano que me ha procurado bastante ansiedad. Para quitármela me he dedicado a cuidarme el físico: Tres sesiones de pesas y 41 Km de correr, estoy hecho un mulo.

El fin de semana me había prometido poner orden en mi vida pero esto vinieron a ser los planes delirantes que nunca se ven cumplidos. El viernes estuve cenando en casa de Silvia y Eduardo. Un percance con una botella de ron de Martinica que ya detallaré en otra ocasión hizo que terminásemos todos en casa de Mónica y Javier aligerándoles las existencias de Capitan Morgan (otro ron, este de Jamaica). Me pareció ver que Eduardo también aligeraba las de tequila pero en aquel momento mi vista ya no era muy fiable. Es interesante en este punto, constatar que la policía de Nantes no monta controles de alcoholemia los viernes por la noche. Entre unas cosas y otras terminé por acostarme a las cinco de la mañana. Al día siguiente un deseo intenso de morir me impidió entregarme a las tareas domésticas. No obstante una ducha y un croissant me devolvieron a la vida que, tras breve reflexión, decidí dedicar a satisfacer los deseos de mi estimada P en forma de adquirir y montar una comode de 6 tiroirs (cómoda de seis cajones) de Ikea. De nuevo se vieron en parte malogradas mis buenas intenciones por la llamada de Mónica invitándome a una cena mexicana (con "x", como le gusta a ella), festejo de bienvenida para Javier, su santo esposo a la sazón. En esta ocasión y pese a la presencia de los Cantolupo, la torrija fue algo más moderada; es que al parecer Lou y Judy también anduvieron de exceso el viernes y se encontraban un tanto perjudicados. Una vez más constatamos, afortunadamente, la ausencia de controles policiales en la nuit nantaise.

Finalmente ayer tuve mi "domingo sangriento" que completó las labores de recogida y limpieza con una montaña de plancha y el montaje -la segunda parte- de la cómoda de seis cajones que ya se encuentra operativa. Mi plan para el resto de la semana es estarme muy quietecito para no manchar ni descolocar nada porque viajo a Madrid el viernes por la mañana y no me va a quedar tiempo para arreglar nada. Es que tengo 40 Km que correr, tú.

Tal que asín me pasé el domingo

miércoles, 20 de julio de 2011

Lo prometido es deuda

Acabo de prometerle a un amigo una referencia de su blog en el mio. Mi amigo firma como Carlos que no es sino una de sus diversas personalidades. En formato "Carlos" mi amigo escribe y publica historias, algunas de las cuales envía a concursos y son leídas en la radio y cosas por el estilo. Suelen ser historias muy buenas, de contenido brillante, escritas con oficio y con dominio del idioma, precisas, a las que no sobra ni falta palabra alguna. De las que tiene hay una que me impresiona, me emociona, particularmente y que se titula "He soñado con mi padre". Es una historia breve que desborda sensibilidad. Supongo que es eso y que mi intimidad con Carlos me permite saber lo que hay más allá del texto motivo por el que ese cuento me toca en el alma, asumiendo que yo tenga tal cosa. Además de eso resulta sorprendente encontrarse con tanta ternura en un tipo que al que normalmente atribuiría uno menos sensibilidad que a la cabra de la legión. Lo único que le pediría a Carlos es que se "estire" y escriba historias nuevas, que "La conservación de la felicidad" empieza a estar un poco vista.

En conclusión, recomiendo intensamente la lectura de "Los cuentos del principio", no porque los escriba mi amigo sino porque son buenísimos. Además, algunos miembros de la reducida pero fiel parroquia ya conoceréis los cuentos pero otros quedaréis muy sorprendidos porque reconoceréis a Carlos de quien no imaginabais que hiciese esas cosas.

No digo más. De momento. Bueno sí, una cosa dedicada a los poco avezados en internet, para llegar al blog de Carlos basta con hacer click con el ratón sobre el título del párrafo anterior.

jueves, 14 de julio de 2011

¡Fiesta!

Emulando el clásico, me he quedado de "Rodriguez" a propósito del verano. Los hijos los tengo en Alicante, enredando con su abuela mi madre, y P está de P. Rodriguez en Madrid (capital) y en breve estará de madre soltera (o viuda, o divorciada, yo qué sé).

Todavía no he experimentado mucho el rodriguismo porque tengo visita en casa, los Pérez-Nievas que se han animado a conocer Bretaña. Me gustaría hablar de ello porque dan mucho juego pero todavía les queda unos días y además tengo que madurarlo para que me quede algo divertido y sin hacer sangre, no se vaya a pensar alguien que me incomodan los visitantes, ni mucho menos. El caso es que hoy, víspera de la fiesta nacional francesa y por lo tanto de festivo, he salido de cena y copas por mi ciudad adoptiva y he pensado que era u buen motivo para escribir, qué coño, al final es culturilla, no todo va a ser correr delante de unos toros cabreados.

Nos hemos juntado la Spanish Connection, nombre por el que se nos va conociendo al grupo de hispanohablantes de Vivalis. Concretamente nos hemos juntado Mónica, Silvia y yo, que tenemos a los respectivos en España, con Paula, que los tenía en mi casa y allí los ha dejado. La cosa ha empezado con un plan de cena en una pizzería del centro cuyo nombre ya no recuerdo, muy popular entre mis amistades y, según parece, el restaurante favorito de Lou y Judith. Precisamente allí estaban sentaditos los dos cuando hemos aparecido así que nos hemos hecho mucha fiesta, nos hemos besado, les hemos presentado a Paula y allí hemos terminado cenando juntos. En el momento del encuentro Lou llevaba ya una torrija considerable tal y como él suele los fines de semana y Judith tampoco iba mal. Tras una cena razonable y habiéndonos bebido el agua de los floreros, sobre todo ellos, hemos interpretado que el cuerpo nos pedía ron. Bueno, a mí me pedía ron, al resto de mis compañeros les servía cualquier forma de etanol y Lou, después de haber hecho rodar por los suelos la decoración de la terraza, se habría tomado un cubata de lejía sin pestañear. Así las cosas dirigimos nuestros pasos hacia las zonas de perdición, viniendo a dar con el "Café Cubain", que es exactamente lo que parece. En el Café Cubain sirven unos mojitos bastante decentes para ser franceses, prueba de ello es que nos ensilamos dos por cabeza (Paula no, que está gestante). No me pareció caro, a euros 6 el mojito; he pagado bastante más en Madrid por una copa. El local bastante lleno y desprovisto de aire acondicionado ¡buff qué calor!

A la salida de esta toma nos hemos despedido de Lou y Judith que estaban bastante perjudicados y nos hemos dirigido a un bar de ambiente, nombre que se da de un tiempo a esta parte a los antros de maricones de toda la vida, del que Mónica cantaba grandes alabanzas desde que estuvo hace unos días con un amigo del gremio (del gremio homosexual) que se ha echado. El local estaba bastante lleno de chicos tan guapos como blandos, mucha pesa y mucho modelito pero poco pelo en pecho con lo que calibré que no me sería difícil triunfar. La originalidad del bareto consistía en tener el suelo cubierto de arena lo que venía a sugerir una playa. A diferencia de los bares de Chueca, aquí se veía mucha tía, circunstancia esta reforzada por las tres que me acompañaban. Al final ni ligué ni nada y eso que tuve la precaución de guardarme la alianza en la cartera. Me sorprende porque siempre se me dieron bastante bien los tíos, debe ser que como no estaba J conmigo solo la química no funcionó. He de decir que tampoco puse mucho de mi parte.

En fin, que la noche Nantaise me ha parecido bien, semejante a la de Madrid, más barata quizás, seguro que más limpia y animada. Antes de lo de hoy ya había tenido oportunidad de tomar alguna copa por ahí en bares diversos, incluido un antro en el que mi niña estuvo tocando una noche. Es que como aprende a tocar el bajo eléctrico en lugar del violonchelo, la actuación de fin de curso no es en los locales de la asociación de vecinos sino en un bar de copas del Hangar à Bananes.

Sobre estas líneas unas imágenes del Hangar à bananes, antigua zona de astilleros, muerta en la crisis de los 80 y en fase de recuperación. Arriba se ven las terracitas de los locales de copas, entre ellos el de la actuación de Laura, y abajo un curioso montaje con unos aros que se iluminan de noche. Muy original y aparente.